Cuando en octubre de 2010 se anunció que Mario Vargas Llosa había ganado el Nobel de Literatura, muchos pensaron en Carlos Fuentes. Poco antes de celebrar su cumpleaños número 82, el premio se escapaba definitivamente de las manos del otro gran candidato latinoamericano a recibirlo. Después de veinte años (desde que lo obtuviera su compatriota Octavio Paz en 1990) la Academia Sueca elegía a un escritor de la región y seguramente tardaría mucho tiempo en adjudicárselo a otro.
Durante décadas, Fuentes compartió el podio de la literatura latinoamericana junto a Gabriel García Márquez y Vargas Llosa. La semilla del proceso consagratorio de este trío genial puede encontrarse en Los nuestros, libro publicado en 1966 por Luis Harss que definirá la decena de nombres que conformarán el Boom latinoamericano y el canon regional. Junto a los ya célebres Borges, Carpentier y Asturias aparecen estos tres entonces treintañeros.
Así lo pintaba Harss: "Es un afiebrado para quien la imaginación creadora es una forma de la hipocondría. 'Escribo con los nervios del estómago y lo pago con una úlcera duodenal y una colitis crónica'. Desde que enfermó supo, como quien se ve oscuramente condenado a la salvación, que el camino del paraíso pasa por el infierno. 'Porque intuyo eso escribo novelas', declaró hace un tiempo ante un auditorio absorto, en una conferencia a lo Mailer que se convirtió, según su propia descripción, en una especie de strip-tease público. 'Sólo por eso vivo. Y vivo como escribo, por exceso y por insuficiencia, por voluntad y por abulia, por amor y por odio'".
La vida y las ficciones de Fuentes se unen a través de infinitos lazos. Artemio Cruz, el protagonista de uno de sus dos clásicos, rememora su pasado mientras una hemorragia estomacal lo lleva a la tumba. Fuentes, el hombre que escribía con los nervios del estómago, murió por una hemorragia del tubo digestivo; y murió escribiendo. Mientras los sitios de noticias anunciaban su muerte, los ejemplares de Carolina Grau, el último título del escritor mexicano que reúne ocho relatos, seguían llegando a las librerías. En los días previos, Fuentes avanzaba con la escritura de Federico en su balcón, próximo libro que tendría como protagonista a Friedrich Nietzsche.
A mediados de los 60, cuando se publicó Los nuestros, ya había engendrado sus dos grandes novelas: La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz. Después vendrían el Premio Rómulo Gallegos por Terra Nostra; Gringo Viejo y su versión fílmica con el sello de Gregory Peck; el Cervantes; el Príncipe de Asturias y la legión de novelas, ensayos, artículos y conferencias que lo convirtieron en ese intelectual total que nutrió a los países de su continente y ofreció al mundo una de las obras más ricas, potentes y profundas del último medio siglo.
© LA GACETA
LA DIRECCIÓN